Lejos de las sepulturas célebres, camino de un cementerio aislado,
mi corazón, como un tambor cubierto de crespones,
va redoblando una marcha fúnebre.
Baudelaire
He estado cuatro veces en París, y en cada viaje una de mis obsesiones ha sido pasear por sus cementerios. Claro: la ciudad es propicia siempre para largas caminatas, como uno de nuestros últimos paseos, J y JM, hasta ese Balzac que mira desde lo alto... Pero ¿y esos cementerios? Esas esculturas, esos largos pasillos, esa vegetación... Ese olor a cementerio, esa luz. El silencio.
He de reconocer que siento predilección por los cementerios de París (y conozco unos cuantos). No quiero olvidar tampoco el de Budapest -¿hay algo que no sea hermoso en esa ciudad, Mr. Hyde?-, que me fascinó desde su misma entrada, con aquellos árboles creando un pasillo macnífico que daban la bienvenida a todo el que se adentraba en su laberíntica estructura. Pero París... Oh, París. París es otra cosa.
Si visitan la ciudad, no descarten una ruta por el Montparnasse, el Montmartre o el Pére Lachaise. Cojan un libro; siéntense cerca de una tumba hermosa. Escuchen el silencio.
Conocí
a Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont, a partir del
penúltimo capítulo delDESOLADA GRANDEZAde
José María Álvarez. Comentaba el poeta al final de su particular biografía (que no hace sino provocar la curiosidad por este autor que nos dejó tan prematuramente):
“La
leyenda de su final, aunque discutida por la crítica más rigurosa, fue aportada
por su editor, Lacroix, quien creyó reconocer al poeta en un cadáver aparecido
en las barricadas de Montmartre durante los combates de Noviembre de 1870. Y
por la dueña de la habitación de un obscuro tranviario, que después de varias
semanas sin verlo, forzó la puerta con la policía. Sólo había una cama, una
muda, dos pistolas y un par de gafas. Y sobre la pared, con letras incendiadas,
una frase: TODAS LAS LIBERTADES SON SOLIDARIAS.”
Y
ahora llega a mis manos esta exquisita edición de susPOESÍASde
Renacimiento. Gracias, JM, por el regalo. Sí: es hora de
reaccionar ya contra lo que nos lastima y nos doblega tan soberanamente.
Las perturbaciones, las ansiedades, las depravaciones, la muerte, las
excepciones en el orden físico o moral, el espíritu de negación, los
embrutecimientos, las alucinaciones servidas por la voluntad, los tormentos, la
destrucción, los trastornos, las lágrimas, las insaciabilidades, los
servilismos, las imaginaciones penetrantes, las novelas, lo inesperado, lo que
no hay que hacer, las singularidades químicas del buitre misterioso que acecha
la carroña de alguna ilusión muerta, las experiencias precoces y abortadas, las
oscuridades con caparazón de chinche, la monomanía terrible del orgullo, la
inoculación de los estupores profundos, las oraciones fúnebres, las envidias,
las traiciones, las tiranías, las impiedades, las irritaciones, las acrimonias,
los despropósitos agresivos, la demencia, el spleen, los espantos razonados,
las inquietudes extrañas que el lector preferiría no sentir, las muecas, las
neurosis, las hileras sangrantes por las cuales se hace pasar la lógica
acorralada, las exageraciones, la ausencia de sinceridad, las burlas, las
vulgaridades, lo sombrío, lo lúgubre, los partos peores que los crímenes, las
pasiones, el clan de los novelistas de tribunales, las tragedias, las odas, los
melodramas, los extremos presentados a perpetuidad, la razón impunemente
silbada, los olores de los cobardes, las desazones, las ranas, los pulpos, los
tiburones, el simún del desierto, lo sonámbulo, turbio, nocturno, somnífero,
noctámbulo, viscoso, foca parlante, equívoco, tuberculoso, espasmodico,
afrodisiaco, anémico, tuerto, hermafrodita, bastardo, albino, pederasta,
fenómeno de acuario y mujer bar-buda, las horas borrachas de desencanto
taciturno, las fantasías, las acritudes, los monstruos, los silogismos desmoralizadores,
las basuras, lo que no reflexiona como el niño, la desolación, el manzanillo
intelectual, los chancros perfumados, las nalgas con camelias, la culpabilidad
de un escritor que rueda por la pendiente de la nada y se desprecia a sí mismo
con gritos alegres, los remordimientos, las hipocresías, las perspectivas vagas
que os trituran con sus engranajes imperceptibles, los serios escupitajos sobre
los axiomas sagrados, los piojos y sus cosquilleos insinuantes, los prefacios
insensatos, como los de Cromwell, la señorita de Maum y de Dumas hijo, las
caducidades, las impotencias, las blasfemias, las asfixias, los ahogos, las
rabias ante esos osarios inmundos que hacen que enrojezca al nombrarlos, es
hora de reaccionar ya contra lo que nos lastima y nos doblega tan soberanamente.
Hablando la otra noche sobre poesía con D y L después de un (muy buen) recital, nos pegábamos unas risas sobre la supuesta nostalgia que un poeta joven puede sentir. N O S T A L G I A (nótese la importancia de la palabra).
¿Qué nostalgia puede sentir una persona de veintiún años? Y, entre risas, llegábamos a la conclusión, al final, de que sí: de que -a su manera- hay nostalgia a esa edad. Una nostalgia distinta, adolescente si queremos llamarla así. Una nostalgia que luego ya no se siente, una nostalgia básica quizá. Pero sí: existe. Pensemos en cuando teníamos veintiún años, o diecisiete, o incluso quince. La nostalgia está, aunque muchas veces no sabíamos de dónde venía ni por qué.
Y entonces me pasó al día siguiente algo extraño, algo que hacía tiempo que no sentía, algo que reconocí enseguida: me asaltó la nostalgia en un cruce. Mientras esperaba el verde del semáforo (y con aquella canción "nuestra" sonando ya viejuna en la radio), vi pasar -en un segundo casi, como un destello- un Polo rojo. Y me acordé entonces de mi querido primer coche, y entonces sentí eso que llamamos nostalgia. Adolescente, básica, "cutre", sí, pero era nostalgia.
¿Recuerdas?
Las noches en "la cresta del gallo"; los pistachos y poemas los sábados por la mañana; las colas en el Mercadona para escapar de la ciudad los días de fiesta y cargar el maletero cuanto antes; la música reventando nuestros oídos; o la manera en que, Cactus, decías "ser el chico malo" de aquella canción de Ariel Rot; cómo imitaba yo tocar el piano sobre el volante, y si no lo hacía, te extrañabas; apurando en las curvas, perdíamos la gravedad y me reñías; o cuando pasábamos las tardes en Las Salinas cenando ante la caída del sol; o la lluvia sobre el techo chillando; o reventar la rueda y no atinar a llamar al seguro, y gritarte SOS desde una cabina para que vinieras a rescatarnos a mí y a mi Polo rojo; o la esterilla del yoga donde te dormiste en el concierto de Héroes del Silencio, aún extasiadas de la música; tú durmiendo en él para esperarme los miércoles. La Libertad en chapa roja.
A veces la nostalgia es eso. Ese pequeño Polo rojo de tres puertas. Ese Polo rojo que nos llevó al fin del mundo durante algo más de un año. Ese Polo rojo que es -y qué fácil se reconoce- la nostalgia de entonces.
Lo importante no es quien lo dice, sino lo que dice. Pero en este caso, la boca
es de mi querido Alejandro, que tanto me enseña.
Él lo diría mejor:
Quien escribe es solo un depositario provisional de lo que escribió; el
propietario, de verdad, es siempre el lector, destino final de toda
escritura.
Unas cuantas ideas
que creo interesantes para reflexionar acerca de la creación poética. Gracias,
Alejandro.
7 JULIO 2014
Esto es, querida
Noelia, todo cuanto puedo decirte después de haberme leído las dos colecciones
que me mandaste. Recuerda (a mí no se me olvida nunca) lo que decía Cernuda
sobre aconsejar a los jóvenes: el poeta mayor ya tiene bastante con reconocer
sus propios errores, y ha de dejar que el joven -esto lo añado yo- descubra y
vaya recorriendo su propio camino. La pasión que pones en tu obra te llevará
muy lejos. (…)
Me decías en tu carta
que ahora llevabas un tiempo sin escribir. Es duro, pero puede ser un bien para
tu poesía. Hay épocas que son de "condensación" en las que uno está
mudo, pero atento, vigilante, no dejando de aprender de las posibilidades de la
vida. Tú misma lo intuyes al decir: "no escribo... porque estoy digiriendo
todo esto". Valéry estuvo veinte años sin escribir poesía y al cabo de ese
tiempo dio sus mejores frutos ("El cementerio marino", entre otros).
Si la poesía obedece, como todo arte, a razones de necesidad -necesidad del
poeta que la escribe, y del poema, que si no es necesario no es nada-, no se
puede forzar su creación y hemos de confiar en la espera y que ésta no sea
demasiado larga. Antes o después, tú volverás a escribir, Noelia, porque lo
llevas en la sangre. Y entonces te sorprenderá ver que vuelves al verso como si
no lo hubieras dejado nunca, pero con la extraordinaria ventaja de hacerlo
desde nuevas cotas y planteamientos que no hubieras podido imaginar antes. Y es
que hay una "alumbramiento" interior más poderoso que toda mudez. Cree
en él y espera el milagro.
20 JULIO 2014
Tu
última carta -porque estoy contigo: nosotros no escribimos e-mails sino
"cartas" auténticas y verdaderas- me gustó mucho con su frescura y su
espontaneidad. Comparto en buena medida tus reflexiones sobre la escritura:
también para mí escribir es acercar la lupa a instantes de mi vida que a veces
preferiría, por dolorosos, evitar. Por supuesto que luego cae sobre nuestro
"corazón al desnudo" (Baudelaire) todo el artificio del arte de la
palabra, pues la verdad en bruto no es nada, una sinceridad suicida que a pocos
interesaría. El maquillaje poético es inevitable y hasta necesario para que la
experiencia de vida ascienda a experiencia de arte, pero uno sabe que por
debajo de todos esos afeites estuvo nuestra vida desangrándose de verdad. (Y no
quiero ponerme patético, y menos en carta a una amiga como tú, joven y
entusiasta.)
Si yo he escrito tan poco en mi vida, no te quepa duda de que ha sido, no
porque no tuviera nada que decir, sino por el dolor que me produce enfrentarme
a mi vida, pues veo en cada palabra un espejo. Tú sabes que hay poetas que
contrariamente usan de la palabra, como si fuera un ensalmo, para exorcizar sus
demonios. Yo no puedo, y por lo que veo tú tampoco. Nuestra careta, para bien o
para mal, es nuestro propio rostro.
28
MAYO 2015
Entre tanto, haces bien refugiándote en la poesía. Es
lo único seguro que uno tiene. Fuera de eso, terreno resbaladizo, la nueva
selva, la desolación de asfalto. Quizás exagero un poco, pero no demasiado. Es
un retrato bastante fiel de la vida cotidiana en nuestras ciudades. Lácrima. (…)
La
idea de los poetas vivos traduciendo a otros poetas vivos es magnífica, y nos
lleva, quizás sin quererlo, al centro mismo de la poesía, puesto que, en cierto
sentido, toda poesía es traducción, ¿no estás de acuerdo?
12
JUNIO 2015
¿Te acuerdas de estos
versos? “Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!” La poesía sin duda es
un extraordinario consuelo –la mejor poesía siempre lo es–, pero antes está la
vida que hay que afrontar día a día, paso a paso, la vida previa a todo, tan difícil,
con un dolor que no hay poesía ni música que lo dulcifique. Eso es lo duro,
querida Noe.
Leyendo en Madrid en casa de F., dejando huecos en su biblioteca por recomendación. Y como éste, otros tantos. Gracias, F., por esas noches de lectura.
Estarás brizna y desnuda. Lejana.
Escucharé tu voz de antiguo sendero
y un viento esbozará tu figura en las cortinas.
Sabré que he tanteado tus zaguanes,
su blancura de balido.
Algún pájaro trazará en el aire
el cansancio de tu caligrafía.
Entonces esta historia será una distancia.
O una deuda con el ademán más triste de tu mano.
***
Hay día y noches en que el lenguaje
desearía hacerte el amor
con lentitud de ejército derrotado.
*De Como si al otro lado latiera (Endymión, Madrid,
1994).