martes, 27 de octubre de 2015

DE TUMBAS POR PARÍS



Lejos de las sepulturas célebres, camino de un cementerio aislado, 
mi corazón, como un tambor cubierto de crespones, 
va redoblando una marcha fúnebre.

Baudelaire



He estado cuatro veces en París, y en cada viaje una de mis obsesiones ha sido pasear por sus cementerios. Claro: la ciudad es propicia siempre para largas caminatas, como uno de nuestros últimos paseos, J y JM, hasta ese Balzac que mira desde lo alto... Pero ¿y esos cementerios? Esas esculturas, esos largos pasillos, esa vegetación... Ese olor a cementerio, esa luz. El silencio.

He de reconocer que siento predilección por los cementerios de París (y conozco unos cuantos). No quiero olvidar tampoco el de Budapest -¿hay algo que no sea hermoso en esa ciudad, Mr. Hyde?-, que me fascinó desde su misma entrada, con aquellos árboles creando un pasillo macnífico que daban la bienvenida a todo el que se adentraba en su laberíntica estructura. Pero París... Oh, París. París es otra cosa.

Si visitan la ciudad, no descarten una ruta por el Montparnasse, el Montmartre o el Pére Lachaise. Cojan un libro; siéntense cerca de una tumba hermosa. Escuchen el silencio. 




























lunes, 19 de octubre de 2015

POESÍAS de Lautréamont.


El fenómeno pasa. Busco las leyes.
Ducasse

Contra lo lento y cotidiano, la exploración.
Bunbury




Conocí a Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont, a partir del penúltimo capítulo del DESOLADA GRANDEZA de José María Álvarez. Comentaba el poeta al final de su particular biografía (que no hace sino provocar la curiosidad por este autor que nos dejó tan prematuramente):

“La leyenda de su final, aunque discutida por la crítica más rigurosa, fue aportada por su editor, Lacroix, quien creyó reconocer al poeta en un cadáver aparecido en las barricadas de Montmartre durante los combates de Noviembre de 1870. Y por la dueña de la habitación de un obscuro tranviario, que después de varias semanas sin verlo, forzó la puerta con la policía. Sólo había una cama, una muda, dos pistolas y un par de gafas. Y sobre la pared, con letras incendiadas, una frase: TODAS LAS LIBERTADES SON SOLIDARIAS.”



Y ahora llega a mis manos esta exquisita edición de sus POESÍAS de Renacimiento. Gracias, JM, por el regalo. Sí: es hora de reaccionar ya contra lo que nos lastima y nos doblega tan soberanamente.





            Las perturbaciones, las ansiedades, las depravaciones, la muerte, las excepciones en el orden físico o moral, el espíritu de negación, los embrutecimientos, las alucinaciones servidas por la voluntad, los tormentos, la destrucción, los trastornos, las lágrimas, las insaciabilidades, los servilismos, las imaginaciones penetrantes, las novelas, lo inesperado, lo que no hay que hacer, las singularidades químicas del buitre misterioso que acecha la carroña de alguna ilusión muerta, las experiencias precoces y abortadas, las oscuridades con caparazón de chinche, la monomanía terrible del orgullo, la inoculación de los estupores profundos, las oraciones fúnebres, las envidias, las traiciones, las tiranías, las impiedades, las irritaciones, las acrimonias, los despropósitos agresivos, la demencia, el spleen, los espantos razonados, las inquietudes extrañas que el lector preferiría no sentir, las muecas, las neurosis, las hileras sangrantes por las cuales se hace pasar la lógica acorralada, las exageraciones, la ausencia de sinceridad, las burlas, las vulgaridades, lo sombrío, lo lúgubre, los partos peores que los crímenes, las pasiones, el clan de los novelistas de tribunales, las tragedias, las odas, los melodramas, los extremos presentados a perpetuidad, la razón impunemente silbada, los olores de los cobardes, las desazones, las ranas, los pulpos, los tiburones, el simún del desierto, lo sonámbulo, turbio, nocturno, somnífero, noctámbulo, viscoso, foca parlante, equívoco, tuberculoso, espasmodico, afrodisiaco, anémico, tuerto, hermafrodita, bastardo, albino, pederasta, fenómeno de acuario y mujer bar-buda, las horas borrachas de desencanto taciturno, las fantasías, las acritudes, los monstruos, los silogismos desmoralizadores, las basuras, lo que no reflexiona como el niño, la desolación, el manzanillo intelectual, los chancros perfumados, las nalgas con camelias, la culpabilidad de un escritor que rueda por la pendiente de la nada y se desprecia a sí mismo con gritos alegres, los remordimientos, las hipocresías, las perspectivas vagas que os trituran con sus engranajes imperceptibles, los serios escupitajos sobre los axiomas sagrados, los piojos y sus cosquilleos insinuantes, los prefacios insensatos, como los de Cromwell, la señorita de Maum y de Dumas hijo, las caducidades, las impotencias, las blasfemias, las asfixias, los ahogos, las rabias ante esos osarios inmundos que hacen que enrojezca al nombrarlos, es hora de reaccionar ya contra lo que nos lastima y nos doblega tan soberanamente.


Isidore Ducasse






domingo, 11 de octubre de 2015

La nostalgia (o un Polo rojo de tres puertas).


Después me subo a tu coche 
y dejo pasar la vida.
Ariel Rot




Hablando la otra noche sobre poesía con D y L después de un (muy buen) recital, nos pegábamos unas risas sobre la supuesta nostalgia que un poeta joven puede sentir.      
N O S T A L G I A (nótese la importancia de la palabra).

¿Qué nostalgia puede sentir una persona de veintiún años? Y, entre risas, llegábamos a la conclusión, al final, de que sí: de que -a su manera- hay nostalgia a esa edad. Una nostalgia distinta, adolescente si queremos llamarla así. Una nostalgia que luego ya no se siente, una nostalgia básica quizá. Pero sí: existe. Pensemos en cuando teníamos veintiún años, o diecisiete, o incluso quince. La nostalgia está, aunque muchas veces no sabíamos de dónde venía ni por qué.

Y entonces me pasó al día siguiente algo extraño, algo que hacía tiempo que no sentía, algo que reconocí enseguida: me asaltó la nostalgia en un cruce. Mientras esperaba el verde del semáforo (y con aquella canción "nuestra" sonando ya viejuna en la radio), vi pasar -en un segundo casi, como un destello- un Polo rojo. Y me acordé entonces de mi querido primer coche, y entonces sentí  eso que llamamos nostalgia. Adolescente, básica, "cutre", sí, pero era nostalgia.

¿Recuerdas?

Las noches en "la cresta del gallo"; los pistachos y poemas los sábados por la mañana; las colas en el Mercadona para escapar de la ciudad los días de fiesta y cargar el maletero cuanto antes; la música reventando nuestros oídos; o la manera en que, Cactus, decías "ser el chico malo" de aquella canción de Ariel Rot; cómo imitaba yo tocar el piano sobre el volante, y si no lo hacía, te extrañabas; apurando en las curvas, perdíamos la gravedad y me reñías; o cuando pasábamos las tardes en Las Salinas cenando ante la caída del sol; o la lluvia sobre el techo chillando; o reventar la rueda y no atinar a llamar al seguro, y gritarte SOS desde una cabina para que vinieras a rescatarnos a mí y a mi Polo rojo; o la esterilla del yoga donde te dormiste en el concierto de Héroes del Silencio, aún extasiadas de la música; tú durmiendo en él para esperarme los miércoles. La Libertad en chapa roja. 

A veces la nostalgia es eso.

Ese pequeño Polo rojo de tres puertas. Ese Polo rojo que nos llevó al fin del mundo durante algo más de un año. Ese Polo rojo que es -y qué fácil se reconoce- la nostalgia de entonces.







jueves, 8 de octubre de 2015

Algunos apuntes sobre poesía (Alejandro Duque Amusco).




Lo importante no es quien lo dice, sino lo que dice. Pero en este caso, la boca es de mi querido Alejandro, que tanto me enseña.

Él lo diría mejor:

Quien escribe es solo un depositario provisional de lo que escribió; el propietario, de verdad, es siempre el lector, destino final de toda escritura. 

Unas cuantas ideas que creo interesantes para reflexionar acerca de la creación poética. Gracias, Alejandro.



7 JULIO 2014

Esto es, querida Noelia, todo cuanto puedo decirte después de haberme leído las dos colecciones que me mandaste. Recuerda (a mí no se me olvida nunca) lo que decía Cernuda sobre aconsejar a los jóvenes: el poeta mayor ya tiene bastante con reconocer sus propios errores, y ha de dejar que el joven -esto lo añado yo- descubra y vaya recorriendo su propio camino. La pasión que pones en tu obra te llevará muy lejos. (…)

Me decías en tu carta que ahora llevabas un tiempo sin escribir. Es duro, pero puede ser un bien para tu poesía. Hay épocas que son de "condensación" en las que uno está mudo, pero atento, vigilante, no dejando de aprender de las posibilidades de la vida. Tú misma lo intuyes al decir: "no escribo... porque estoy digiriendo todo esto". Valéry estuvo veinte años sin escribir poesía y al cabo de ese tiempo dio sus mejores frutos ("El cementerio marino", entre otros). Si la poesía obedece, como todo arte, a razones de necesidad -necesidad del poeta que la escribe, y del poema, que si no es necesario no es nada-, no se puede forzar su creación y hemos de confiar en la espera y que ésta no sea demasiado larga. Antes o después, tú volverás a escribir, Noelia, porque lo llevas en la sangre. Y entonces te sorprenderá ver que vuelves al verso como si no lo hubieras dejado nunca, pero con la extraordinaria ventaja de hacerlo desde nuevas cotas y planteamientos que no hubieras podido imaginar antes. Y es que hay una "alumbramiento" interior más poderoso que toda mudez. Cree en él y espera el milagro.



20 JULIO 2014

Tu última carta -porque estoy contigo: nosotros no escribimos e-mails sino "cartas" auténticas y verdaderas- me gustó mucho con su frescura y su espontaneidad. Comparto en buena medida tus reflexiones sobre la escritura: también para mí escribir es acercar la lupa a instantes de mi vida que a veces preferiría, por dolorosos, evitar. Por supuesto que luego cae sobre nuestro "corazón al desnudo" (Baudelaire) todo el artificio del arte de la palabra, pues la verdad en bruto no es nada, una sinceridad suicida que a pocos interesaría. El maquillaje poético es inevitable y hasta necesario para que la experiencia de vida ascienda a experiencia de arte, pero uno sabe que por debajo de todos esos afeites estuvo nuestra vida desangrándose de verdad. (Y no quiero ponerme patético, y menos en carta a una amiga como tú, joven y entusiasta.) 

Si yo he escrito tan poco en mi vida, no te quepa duda de que ha sido, no porque no tuviera nada que decir, sino por el dolor que me produce enfrentarme a mi vida, pues veo en cada palabra un espejo. Tú sabes que hay poetas que contrariamente usan de la palabra, como si fuera un ensalmo, para exorcizar sus demonios. Yo no puedo, y por lo que veo tú tampoco. Nuestra careta, para bien o para mal, es nuestro propio rostro.



28 MAYO 2015

Entre tanto, haces bien refugiándote en la poesía. Es lo único seguro que uno tiene. Fuera de eso, terreno resbaladizo, la nueva selva, la desolación de asfalto. Quizás exagero un poco, pero no demasiado. Es un retrato bastante fiel de la vida cotidiana en nuestras ciudades. Lácrima. (…)
La idea de los poetas vivos traduciendo a otros poetas vivos es magnífica, y nos lleva, quizás sin quererlo, al centro mismo de la poesía, puesto que, en cierto sentido, toda poesía es traducción, ¿no estás de acuerdo?



12 JUNIO 2015

¿Te acuerdas de estos versos? “Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!” La poesía sin duda es un extraordinario consuelo –la mejor poesía siempre lo es–, pero antes está la vida que hay que afrontar día a día, paso a paso, la vida previa a todo, tan difícil, con un dolor que no hay poesía ni música que lo dulcifique. Eso es lo duro, querida Noe.






sábado, 3 de octubre de 2015

DOS POEMAS DE JUAN GRACIA ARMENDÁRIZ



Leyendo en Madrid en casa de F., dejando huecos en su biblioteca por recomendación. Y como éste, otros tantos. Gracias, F., por esas noches de lectura.



Estarás brizna y desnuda. Lejana.
Escucharé tu voz de antiguo sendero
y un viento esbozará tu figura en las cortinas.
Sabré que he tanteado tus zaguanes,
su blancura de balido.
Algún pájaro trazará en el aire
el cansancio de tu caligrafía.
Entonces esta historia será una distancia.
O una deuda con el ademán más triste de tu mano.


***


Hay día y noches en que el lenguaje
desearía hacerte el amor
con lentitud de ejército derrotado.




*De  Como si al otro lado latiera (Endymión, Madrid, 1994).