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domingo, 11 de octubre de 2015

La nostalgia (o un Polo rojo de tres puertas).


Después me subo a tu coche 
y dejo pasar la vida.
Ariel Rot




Hablando la otra noche sobre poesía con D y L después de un (muy buen) recital, nos pegábamos unas risas sobre la supuesta nostalgia que un poeta joven puede sentir.      
N O S T A L G I A (nótese la importancia de la palabra).

¿Qué nostalgia puede sentir una persona de veintiún años? Y, entre risas, llegábamos a la conclusión, al final, de que sí: de que -a su manera- hay nostalgia a esa edad. Una nostalgia distinta, adolescente si queremos llamarla así. Una nostalgia que luego ya no se siente, una nostalgia básica quizá. Pero sí: existe. Pensemos en cuando teníamos veintiún años, o diecisiete, o incluso quince. La nostalgia está, aunque muchas veces no sabíamos de dónde venía ni por qué.

Y entonces me pasó al día siguiente algo extraño, algo que hacía tiempo que no sentía, algo que reconocí enseguida: me asaltó la nostalgia en un cruce. Mientras esperaba el verde del semáforo (y con aquella canción "nuestra" sonando ya viejuna en la radio), vi pasar -en un segundo casi, como un destello- un Polo rojo. Y me acordé entonces de mi querido primer coche, y entonces sentí  eso que llamamos nostalgia. Adolescente, básica, "cutre", sí, pero era nostalgia.

¿Recuerdas?

Las noches en "la cresta del gallo"; los pistachos y poemas los sábados por la mañana; las colas en el Mercadona para escapar de la ciudad los días de fiesta y cargar el maletero cuanto antes; la música reventando nuestros oídos; o la manera en que, Cactus, decías "ser el chico malo" de aquella canción de Ariel Rot; cómo imitaba yo tocar el piano sobre el volante, y si no lo hacía, te extrañabas; apurando en las curvas, perdíamos la gravedad y me reñías; o cuando pasábamos las tardes en Las Salinas cenando ante la caída del sol; o la lluvia sobre el techo chillando; o reventar la rueda y no atinar a llamar al seguro, y gritarte SOS desde una cabina para que vinieras a rescatarnos a mí y a mi Polo rojo; o la esterilla del yoga donde te dormiste en el concierto de Héroes del Silencio, aún extasiadas de la música; tú durmiendo en él para esperarme los miércoles. La Libertad en chapa roja. 

A veces la nostalgia es eso.

Ese pequeño Polo rojo de tres puertas. Ese Polo rojo que nos llevó al fin del mundo durante algo más de un año. Ese Polo rojo que es -y qué fácil se reconoce- la nostalgia de entonces.







martes, 1 de septiembre de 2015

TAMBIÉN ESO ERA EL VERANO.



La vida también son las fotos. O al menos nos ayudan a no olvidar ciertos momentos de nuestra infancia y juventud más remota. 

Todos tenemos unas cuantas grabadas a fuego en la mente como si se tratara de nuestro propio DNI. Imágenes, digo, que desde un pequeño trozo de papel nos transportan a tiempos pasados, a veces más felices. 

En una de ellas, dormimos las tres en el asiento trasero del Renault 11 marrón de mis padres, con tapicería que picaba como una condenada. Volvemos de la playa (yo me chupaba el pelo; me gustaba el sabor a salitre en mi boca), y ellas se apoyan sobre mi cuerpo, que reposa en el centro con la cabeza hacia abajo. La haría mi madre. 

En otra, la primera que tenemos las tres, posamos en la calle donde me crié ante mi padre, que nos pide que sonriamos bajo un sol radiante de principios de Septiembre. Felices, como esa otra de Istanbul, llenas de gozo, con la Mezquita Azul a la espalda. O la otra, donde papá nos coge de la cintura para soplar treinta velas. O aquella de más allá, cuando Eli no estaba, y mi madre me coge en brazos dentro de la piscina. Incluso mi abuelo, al que no conocí, subido en un camión, con su perfecto bigote de Clark Gable y sonriendo a su novia. 


Y no lo tenía suficientemente claro hasta que no llegó a mis manos el libro de Isabel Cadenas Cañón. Las fotos, como mojones en el camino, nos llevan a esos lugares, nos traen a esas personas secundarias que disparaban el botón de la cámara, nos recuerdan quiénes somos también.

De eso trata el poemario de Isabel, un poemario que además le valió el XII Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos: "Empezó con seis o siete fotos que llevo siempre que me voy a un lugar, que corresponden a mis etapas de la infancia o juventud. Con todo ello empecé a hacer un inventario de mis recuerdos de infancia para hacer una especie de libro-caja o contenedor de recuerdos. En realidad éste es un libro de fotos pero sin fotos, ya que sólo tiene una imagen y aparece al final."

Un libro con huecos, como sucede en los álbumes de fotos: una que se lleva tu hermana para escanear, otra que colocas en la nevera porque ese día fuiste feliz, otra que usas de marcapáginas, aquella que enmarcaste y luce en el salón. Fotos que nos traen, como dice Isabel, el aroma de las tiendas de campaña, la pintura azul hospital llenándolo todo, las matrículas de aquellos coches y su olor a viejo, otros detrás sosteniendo la cámara.

Luego es la invención, sí, en esos recuerdos distorsionados, los que rellenan los huecos como si fuera un puzzle; o tu madre, cuando te explica ciertos puntos, y atas cabos, y entonces comprendes mejor la foto. 

Me encontraba ante un poemario distinto, unas hojas que sin fotografías me llevaban a la infancia de Isabel, me hacían conocerla mejor, y al mismo tiempo iba elaborando en mi cabeza la historia de mi vida a través de imágenes impresas. Aunque sea autobiográfico, los poemas de Isabel no son sólo suyos: son recuerdos comunes, destellos que todos tenemos de nuestra existencia, flashes de papá o mamá, o la casa que habitamos, o el chándal desgastado. Así hace universal su caja de fotografías.




Al final –y ella lo dice bien claro- fotografiamos para preservar la dicha. 
O qué, si no.