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martes, 27 de junio de 2017

DOS POEMAS DE "LA IMPEDIMENTA", DE ALBERTO CHESSA

LA IMPEDIMENTA 
de ALBERTO CHESSA





NATURALEZA VIVA


A María Fenollar


Abrí los ojos. Una familia nos miraba.
A mí y a todo el resto de figuras.
Vi que formaba parte de un belén.
Parecían felices, satisfechos de su obra.
Sabemos que un belén es un trasunto
De eso que somos, de nosotros mismos,
Y es por ello que armarlo es cosa seria.
La familia (papá, mamá y las niñas)
Brujuleaba con la vista el marco
Y comentaba no sé qué en voz baja
Con palabras que rezumaban muérdago.
¿Temen importunarnos? —malicié—.
¿O es que andan renovando su secreto?
No conseguí saber quién era yo,
Qué figura

miércoles, 24 de febrero de 2016

VOLVEREMOS A LLENAR TODOS LOS VASOS


VOLVEREMOS A LLENAR TODOS LOS VASOS
Una lectura de FLOW de Violeta Nicolás




Dice la poeta Cristina Morano: Violeta sigue la tradición de las autoras feministas que denunciaban las situaciones de control y represión con su trabajo performativo; en sus vídeos y actuaciones, la autora utiliza su cuerpo y los elementos del imaginario doméstico para la denuncia. Y yo no puedo estar más de acuerdo, pese a que no la considero una feminista al uso; más bien una mujer de principios, que no es lo mismo.

Si hay algo que Violeta Nicolás explota -desde su primer DIGESTIÓN IDÍLICA hasta llegar al reciente LAPSUS VIOLETA- es precisamente ese cuestionamiento de identidad propia, no sólo a nivel particular sino en relación al mundo que la rodea. Y todo aquel que merezca un respeto debe hacerlo en su obra: indagar más allá de lo ilustrativo, de lo descriptivo. Creo que en eso estaremos de acuerdo.

Según ella misma define (y entiende mejor que nadie) el término FLOW se refiere a la cadencia vocal característica del rap, pero también es esa forma de dejarse llevar, de fluir las ideas de forma casi salvaje. Es un caudal, la corriente, un chorro que fluye lento y con ritmo propio. Es la segunda entrega de lo que ya empezó con el primer poemario, donde aparecía una Violeta centrada más en la infancia, sí, pero dejando ya ver ese estilo propio que aquí aparece de forma más explícita.
Se vuelve más literaria y se centra en la palabra propiamente, dejando atrás objetos, iconos, símbolos e imágenes. Ya no es la casa que protege a la niña: ahora es el mundo real, la ciudad, lo inabarcable. Y aunque a veces su poesía se ha definido con “fresca”, creo que estamos ante un estilo propio que ya se empezaba a ver en FLOW y que continúa con LAPSUS. Nicolás ha ido de lo concreto a lo abstracto, de la infancia al mundo real, tangible, consciente, ancho y vigoroso. La casa ya se deshace, no nos protege como antes, pero hay siempre una identificación, una complementación entre el mundo interior y el exterior. Violeta es fluir, no es tangible, pero al tiempo es real, material, vive en la carne. La lengua es un vehículo, pero incluso ella misma va más rápido que las palabras. Es, ante todo, un ejercicio de identificación con el mundo, un acto de reconocimiento de ella misma donde las palabras, los lugares, los espacios cobran sentido más que nunca, reflejando siempre el diálogo interior que la autora encierra.
Muñeca dentro de muñeca dentro de muñeca dentro de muñeca dentro de cuerpo dentro de habitación dentro de casa dentro de edificio dentro de calle dentro de mundo, dice Elena Medel en su prólogo. Los espacios se vuelven importantes, pero también el tiempo, lo vivido, el recuerdo del pasado, la constante búsqueda de lo que es y del espacio que ocupa en el mundo que la rodea. Los espejos, la saliva, la espera, el eco. La identificación se vuelve necesaria ahora; ya no sirve la mera descripción.
Y Violeta Nicolás lo tiene claro en FLOW: Volveremos a llenar todos los vasos. Y nosotros, si nos deja, con ella.



martes, 29 de septiembre de 2015

LAS COSAS QUE CONOCES de Ángel Muñoz Rodríguez.


Mañana 
volverá a desordenarse la vida 
pero eso ya lo sé.
A.M.R.


No es corriente ser policía y poeta. Marisol Sánchez Gómez lo dice en el prólogo de Las cosas que conoces (Huerga&Fierro, 2015). El héroe y en antihéroe, como dos caras de la misma moneda. Más de una vez he oído: Todos los que escribís sois profesores. Cuánto tiempo libre tenéis... Pues bien: un tipo que patea las calles también escribe poesía. ¿Sorpresa?

Eso lo supe después, porque además -lo siento, señores- leo los prólogos al final. E incluso días después hablé con Ángel para darle las gracias y felicitarlo, y llegué a preguntarle que a qué se dedicaba, por mera curiosidad. Quizá no me había sorprendido tanto ese dato biográfico, porque a fin de cuentas: una cosa es a lo que uno se dedica y otra lo que es.

Ángel Muñoz Rodríguez me pareció un poeta, no un policía (y aquí la imagen de policía que cada uno tenga en su cabeza), o al menos no lo leí imaginándolo uniformado, con porra (déjense las sordideces...) y deteniendo ladrones con pasamontañas y rescatando gatos de los árboles (aunque creo que esto es más de bomberos). 

Un poeta que escribe en primera persona, un poeta insatisfecho, un poeta que lucha contra lo cotidiano. Un poeta urbano, que vive ahora, alejado de la nostalgia, inconformista, a veces fuera de sitio. Que duda, que sufre, que teme. Que vive y ama. Alguien que a veces no se siente a gusto consigo mismo, que se esfuerza en sonreír, que naufraga cada día. 

Son pocas las ocasiones
en las que me detengo
a contemplar mi reflejo
en un escaparate.

Resulta desgarrador
ver esos ojos
suplicando un tiro de gracia.


No nos encontramos con un poeta que describe sino que juzga en pocas palabras el mundo. Que va más allá del flash, que lee detrás de todo lo que vive. No se conforma con poco. Y cómo me hicieron disfrutar sus versos aquellos días de Junio, entre exámenes y evaluaciones, entre sudor y tintos de verano. Aquellas tardes emocionadas junto al agua, bajo el sol, con esas cosas que conozco.


La vida parece que espera más de mí
y nadie me enseño
a incluir la palabra miedo
en el vocabulario habitual
de mi regreso
en solitario
a casa.

Y no me malinterpreten: no se trata de un poeta cascarrabias, triste o desolado. Es, a veces, la ironía. Otras, la crudeza. Y otras, la dulzura. En él cabe todo. Como en un buen poeta, supongo, debería ser, porque seguramente en todos nosotros exista eso. Quizá todos seamos poetas policías. Héroes y antihéroes al mismo tiempo.

Y quien no, que levante la mano.

Gracias, Ángel.