Acaso amo los desiertos porque
abrasaron el sueño de Lawrence, dijo una vez el poeta.
Desde aquella calurosa
tarde -cuando llegó a él Rebelión en el desierto de la mano de su madre-
Lawrence ha acompañado la vida de José María. Cuántas imágenes de aquellas
cargas iluminan su memoria, como ahora ilumina la nuestra la lectura de La
Corona de Arena. Es imposible ignorar en estas páginas el sonido de los hierros
sangrientos, el resplandor del sol de fuego en el rostro de Lawrence, el
vértigo de esas arenas.
Pero, ¿quién era Lawrence? El hombre que soñó que
bastaba -aunque fuese imposible- con la pasión arrasada de una Arabia donde los
hombres no tenían otro código que el honor y la gloria. Y esa gloria es la del
hombre libre: el sueño de libertad de aquel que mira con curiosidad, con
admiración, con respeto, el mundo.
Y Lawrence logró tocar ese viento con los
dedos. Besó en la boca a ese sueño que -como el Arte- nos aparta de la
mediocridad: la carne del Destino.
