A Orfeo le gustaba la alegre calidad individual
de las cosas bajo el cielo. Por supuesto Eurídice era
parte
de aquello. Pero un día todo cambió. Orfeo abrió
grietas en las rocas con su lamento. Ni montes ni
barrancos
pudieron resistirlo. El cielo se estremeció de un confín
a otro, casi a punto de ceder completamente.
