miércoles, 20 de abril de 2016

LA LOLITA DE NABOKOV EN EL CINE


LOLITA






Lolita, luz de mi vida, 
fuego de mis entrañas. 
Pecado mío, alma mía. 
Lo-li-ta: 
la punta de la lengua emprende 
un viaje de tres pasos paladar abajo 
hasta apoyarse, en el tercero, 
en el borde de los dientes. 
Lo. Li. Ta.





“Lolita” resulta curioso en mi caso; no llegué a la novela de Nabokov hasta haber pasado por varios estadios (cuando lo normal es que el proceso fuera a la inversa: primero, el libro).
Resumiendo mucho, de “La esclava instruida” de José María Álvarez pasé a la película de Lyne (1997), de ahí a la adaptación de Kubrick (1962) y finalmente llegué a la novela. Después de esto (y lo cuento como simple anécdota) comencé una de las varias colecciones que hago: comprar todas las “Lolitas” de Nabokov que fuera encontrando por este Valle de Lágrimas que es la vida.

Pero hablemos de cine.

Ambas adaptaciones de la novela son muy distintas, de eso no hay duda. Es cierto que con ambas películas no estuvo ausente la polémica (también las hubo cuando en 1955 Nabokov publica la novela, prohibida tanto en Francia como en Inglaterra y hasta tres después no pudo ver la luz en los Estados Unidos), pero en cada cinta el enfoque es diferente, a pesar de ser la misma historia: un profesor, Humbert Humbert, se instala en una ciudad de Nueva Inglaterra, en casa de Charlotte, una voluptuosa viuda, que ve en Humbert la encarnación de sus fantasías provincianas. Pero Humbert se enamora perdidamente de Lolita, su hija, que le recuerda a su viejo amor de la infancia. La trama se complica…

La historia de amor de Humbert y Lolita resultará caótica e irregular. Ambas cintas reflejan bien esto, salvo que en el caso de Lyne las escenas serán algo más explícitas que en Kubrick: éste se planteó toda una serie de problemas de censura a causa de la escandalosa relación mantenida entre una niña y su padrastro, por lo que la visualización de estos contenidos sería más dificultosa. La parte ventajosa en el caso de Lyne es que su versión fue casi cuarenta años después de la de Kubrick, lo que le permitió ser más explícito en sus imágenes y en sus contenidos, dando lugar toda esa carga erótica que le falta a la película de Kubrick.



Si las recuerdan, proyecten la imagen de Sue Lyon y la de Dominique Swain: no hay color, y no porque la primera sea en blanco y negro. Incluso no sólo en el físico: la Lolita del 97 es una muchacha casi indecente, juguetona y excitante, a diferencia de Sue Lyon y su distanciamiento contante, su frialdad y falta de sensualidad. La Lolita de Lyne es perversa (mostrando siempre esas largas piernas, masticando chicle y mirando de reojo), quizá acercándose más aquí a lo que Nabokov quiso expresar. Le valió a Swain la nominación a la mejor actriz revelación con motivos.
Y en el caso de Humbert sucede lo mismo: Jame Mason hace una brillante interpretación del personaje de Humbert aunque no percibimos tan fácilmente el carácter atormentado y enfermizo como el Humbert de Lyne (Jeremy Irons), que le da un aire más patético y trágico. Y es que Irons, salvo contadas ocasiones, lo borda.
Por el contrario, Kubrick destaca más al personaje de Quilty (interpretado por Peter Sellers,  el único al que se le permitía improvisar toda su actuación). El Quilty de Lyne no tiene tanto protagonismo, destacándolo sólo al final de la película y manteniendo durante toda la cinta el halo de misterio en torno al malvado que le arrebata a su Lolita.

Y aunque Lyne a veces lo intenta, otra diferencia que encontramos entre ambas películas es el tono humorístico: Kubrick siempre es más irónico en las secuencias, sin dejar de ser trágico en la mayor parte de la historia. Tampoco existen en Kubrick los flash-back de la cinta de Lyne, como cuando Humbert recuerda a su amor, Annabel.





Sin duda, en ambas películas es la escena del césped la que abre el drama amoroso: Lolita hojea una revista en el patio de la casa, y Humbert cae perdidamente enamorado. El cazador cazado.  Humbert “descubre” a Lolita y al mismo tiempo nos invita a hacer lo mismo: nos va haciendo partícipes de su pasión. Por su parte, Kubrick nos propone unas escenas reveladoras de este juego que, sin embargo, no alcanzan la fuerte carga sentimental sino que acogen un tono más tenue.
La escena quizá más romántica en ambas películas es Lolita antes de marcharse al campamento Q (juego con la letra inicial de Quilty, el “antagonista” del protagonista), en la que mira hacia la ventana de Humbert, sube corriendo las escaleras para lanzarse en sus brazos y declararle su amor: es el primer beso entre los amantes, mucho más light en Kubrick que en Lyne, donde Lolita se aferra al cuerpo de Humbert incluso con las piernas (y la cámara enfocando las nalgas de Swain contra el vientre del profesor).
Pero lo importante no es la Lolita como persona, sino lo que provoca en el hombre arrastrado por su deseo y su pasión. "Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una gota de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida y su sutil espinazo (¡oh, cómo tiene uno que rebajarse y esconderse!), para reconocer de inmediato, por signos inefables –el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas de ternura me prohíben enumerar-, al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas; pero allí está, sin que nadie, ni siquiera ella, sea consciente de su fantástico poder.” 
Sólo bajo este contexto podemos entrar, descifrar y entender el mundo de Humbert con sus obsesiones pero también con su naturaleza ambigua, que más allá de una eminente culpa a raíz de su pederastia revela una admiración auténtica y poética a una Lolita que se convierte en la musa de un amor intenso y desesperado. El mismo Nabokov en su única entrevista en la televisión el 30 de Mayo de 1975 -dos años antes de su muerte- declara: “Lolita no es una niña perversa, es una pobre niña, que corrompen y cuyos sentidos nunca se llegan a despertar bajo las caricias del inmundo señor Humbert…”. Humbert y la pasión oscura, el amor contra natura, que condena al poeta y su musa, al pedófilo y su nínfula.
Con “Lolita” se creó además esa visión de América de carreteras y moteles, además de que surgió un nuevo icono de mujer: la joven deseada, la muchacha impúdica y descarada, la encarnación de los deseos más ocultos del hombre. Recuerden American Beauty, Natalie Portman en Beautiful Girls o incluso la Jodie Foster de 14 años en “Taxi Driver”, por citar sólo algunos ejemplos.

Datos curiosos de la “Lolita” son, por ejemplo, el papel de la protagonista: en un principio, sería una jovencísima Melanie Griffith, pero jamás pudo estar en la película de Lolita hasta casi cincuenta años después (haciendo de la madre en la versión de Lyne). Irónico, ¿verdad? En la película del 97, los padres de Swain estarán presentes en todo momento en el rodaje, claro, no vaya a ser que…
Fue la primera película que Kubrick decidió rodar fuera de Estados Unidos, en Inglaterra, para evitar, en lo posible, la presión del Código de Producción y la Legión Católica de Decencia. Sobre esto, Nabokov se lamentaba de que no se hubiese hecho énfasis en algunos detalles como, por ejemplo, los distintos moteles donde se alojaban Humbert y Lolita.
El doble nombre de Humbert viene de la obra de Allan Poe “William Wilson”, un cuento donde el protagonista es atacado por su doppelganger, su doble fantasmagórico. También se ha sugerido que hace referencia a la suma de dos palabras inglesas: humbug (“farsa”) y pervert (“pervertido”), aunque parece más rebuscado…


En definitiva: ¿con cuál habría que quedarse? 

Kubrick hizo un gran trabajo, sin duda: se atreve con la turbulenta relación de un padrastro y su hija adolescente, creando una película bella, sugerente y desgarradora sobre la perversa obsesión de la naturaleza humana;  pero en mi opinión, el carácter romántico de la cinta de Lyne y el trágico Humbert que consigue Irons con su interpretación la convierten en una película mucho más “digestiva” (sumado, además, al hecho de que fue Morricone el encargado de hacer la magnífica banda sonora). Si tan sólo no hubiera sido víctima de la censura, sospecho que Kubrick pudo llegar a ser mucho más provocativo de lo que fue. 

En palabras de Kubrick, es esencial que la relación deba escandalizar a la sociedad o a sus familiares. Los amantes deben ser condenados al ostracismo. Sería muy difícil construir una historia moderna que pudiera adherirse, con visos de realidad, a estas normas. En este aspecto creo que sería correcto afirmar que “Lolita” es una de las pocas historias modernas de amor.





Y ahora, maratón Lolita.


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