Tienes cuatro días
libres y decides coger un avión que vaya a cualquier lugar, siempre que se
cumpla al menos una de las tres premisas para desconectar de verdad (cambio de
hora, cambio de lengua o cambio de moneda) y que sea vuelo directo (siempre
evitando las malditas escalas y un trayecto inferior a tres horas). ROMA, dice
el buscador.
Vuelo de ida
tedioso, con un crío justo delante llorando en castellano, una madre que apenas
lo riñe en castellano y un padre que no deja de hablar con otro mamarracho en
italiano, como si quisiese dejar claro a todo el pasaje que él es italiano y conoce Roma como la
palma de su mano (y claro: viaja mucho a España porque su mujer es española y
todas esas cosas que no te interesan).
Prefieres no leer y decides dormir bajo los
efectos de ese vermut que os habéis proporcionado antes de subir al avión y
pasado el cada vez más incómodo control de seguridad (trazas, toqueteos y
revisión de maleta incluidos). Agarras la mano que siempre está ahí y cierras los ojos. Pronto pasará.
