Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión.
El 10 de
diciembre de 1957, en Estocolmo, Albert Camus leía este discurso a la recogida
del Premio Nobel.
Muy a tener
en cuenta en los tiempos que corren...
Al recibir la
distinción con que ha querido honrarme su libre Academia, mi gratitud es más
profunda cuando evalúo hasta qué punto esa recompensa sobrepasa mis méritos
personales. Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo
que es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer su decisión me
fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un
hombre, casi joven todavía, rico sólo por sus dudas, con una obra apenas
desarrollada, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la
amistad, podría recibir, sin una especie de pánico, un galardón que le coloca
de pronto, y solo, a plena luz? ¿Con qué ánimo podía recibir ese honor al
tiempo que, en tantos sitios, otros escritores, algunos de los más grandes,
están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conoce
una desdicha incesante?

