Cuenta el escritor polaco Zbigniew Herbert que su profesor de latín, en la
primera clase, dibujó en la pizarra un plano del foro romano “desde el Arco de
Septimio Severo hasta el Pórtico de Nerón”. Los escolares copiaban sin entender
gran cosa hasta que el docente añadió esta extravagante observación: “Tal vez
algún día lleguéis a Roma con el séquito de un procónsul. De modo que debéis
conocer los principales edificios de la Ciudad Eterna. No quiero que pululéis
por la capital de los césares como si fuerais unos bárbaros sin cultura”.
Veinte años después, Herbert comprobó que aquellas palabras no habían sido
descabelladas cuando visitó —en solitario— Roma y más aún cuando, ante la
muralla de Adriano, lo embargó la admiración hacia esa suerte de poderosa inteligencia
aplicada de los antiguos.