Cuando recuerdo aquellos días, una de las sensaciones más hondas que me
invade es: qué poco nos controlaban. Teníamos que ir al colegio, sí, pero que
vigilancia tan parca: pasábamos más tiempo fuera del letargo de sus aulas -curioseando, discutiendo, descubriendo el mundo, jugando, o en el Salón de
Billar- que encerrados en ellas. Los profesores, en tantas ocasiones con
«pasado» de librepensador, solían saber su asignatura; no precisaban exigir
compostura y respeto en sus clases, eso era algo que la educación recibida en
nuestras casas más el temor al castigo, de infringir la norma, daba por
sentado. Se les temía y se les admiraba a veces, porque podían ser muy
brillantes. Pero no “se metían” en tu vida. Enseñaban, y de no aprender, te
suspendían, pero no recuerdo que las faltas de asistencia constituyesen un
grave problema, como tampoco lo era la diversidad de caracteres, inclinaciones,
dedicación al estudio o ineptitud para el mismo. Felizmente, no existían
psicólogos. Y la estupidez que destilaban ciertos libros del programa, se
compensaba con frecuencia por la inteligencia y la astucia del maestro; como la
intransigencia y vileza de alguno de estos, la equilibraba nuestra absoluta
coraza de vitalidad social.

Porque los niños teníamos mucho donde elegir. Convivíamos con todos los
representantes de esa «fibra social». Conocíamos y frecuentábamos a gentes de
lo más diverso, y sin que en ningún momento se nos hubiera llevado a pensar que
fuesen «extraños» al mundo: tratábamos con compañeros de todas las categorías;
se mezclaban todos los sueños, las ilusiones más diferentes... y las memorias
familiares más encontradas. Teníamos amistad con putas, con delincuentes, con
feriantes, con mandos militares, con tenderos, con pescadores, con ricos y con
pobres. Todos tenían «su» sitio al sol; el virtuoso y el depravado, el listo y
el tonto, el afortunado y el tocado por la desgracia, el vencedor de aquella
guerra tan cercana y el derrotado. Y de todos aprendíamos. Era una España
sórdida, triste, en muchos de sus hijos, atemorizada. Pero latía. Se escabullía
de leyes y ordenaciones que no negaba con palabras, pero burlaba con sus actos.
La Censura podía ejercer su grotesca protección de las costumbres, mas
circulaban los libros prohibidos a la vista de todos y las editoriales
publicaban a una altura cultural que hoy no podemos sino envidiar. Las putas
estaban en las puertas de sus casas y en los bares, y los niños hablábamos con
ellas con toda naturalidad y con no menor desenvoltura subíamos a sus
habitaciones; ni ellas, ni las mujeres ya maduras que «iniciaban» a los
adolescentes, ni los caballeros que tenían trato con jovencitas, ni estas ni
nosotros imaginamos nunca estar violando ley alguna, salvo el perfume excitante
del pecado, en quienes tuvieran creencias religiosas, que añadía encanto a las
manipulaciones.
La nación podía flagelarse espiritualmente con patéticos Rosarios de la
Aurora o Adoraciones Nocturnas, o amenazantes sermones, pero la misma penitente
del alba bien podía, a la hora de la siesta, entregar sus suspiros al ansia de
un mozalbete, o el venerable esposo de la iniciadora aprovechar la tarde de
«trabajo en el despacho» para pasarla en un burdel. Los médicos fumaban y
bebían y en algunas ocasiones eran morfinómanos conocidos; los curas tenían
urgencias de hombre, y no era raro que supieran satisfacerlas, como el
ascetismo de su Religión no solía quitarles el apetito.
Todo el mundo cumplía su papel. El borracho de la calle, era eso: el
borracho de la calle; como el matrimonio que se llevaba mal; como el
mariquita; como la «viciosa»; como el «calavera»; como el tonto o el loco:
formaban parte de la sociedad. Mucha gente podía criticarlos, en ocasiones con
dureza, pero no se negaba su existencia, nadie –salvo algún cretino– pretendía
redimirlos, «curarlos», y quien lo urgía ese sí era objeto de la guasa general.
La abyección de la moralina que constituía los principios sagrados del
Franquismo, aliñados por el vinagre del Catolicismo al uso, no dejaba de ser un
ciclorama ante el cual sucedía la vida de la sociedad, que si parecía acatar
aquel código indigno –y, sobre todo, mezquino–, en verdad se esforzaba en lo
que le daba la gana.
José María Álvarez
LOS DECORADOS DEL OLVIDO